Los resultados de PISA 2025 encendieron nuevamente las alarmas en todo el mundo. El deterioro de los aprendizajes no es un problema exclusivo de la Argentina: interpela a escuelas, familias, Estado y sociedad.

OPINIÓN
Nery Facundo Rauch
Mg. en Educación (UNQ)
Los resultados de las pruebas PISA 2025 encendieron nuevamente las alarmas en todo el mundo. El rendimiento global en lectura, matemáticas y ciencias alcanzó su punto más bajo desde que comenzó a medirse este indicador hace un cuarto de siglo. La caída en lectura no se detiene desde 2012, el desplome en matemáticas data de 2018 y el desempeño en ciencias retrocede año tras año.
No estamos ante una crisis exclusiva de la Argentina o de América Latina; se trata de un fenómeno global que nos obliga a mirar más allá de las fronteras y, sobre todo, de las paredes del aula.
Un problema que excede a la escuela
Frente a este diagnóstico, la reacción habitual suele ser buscar responsables dentro del sistema educativo, interpelando a funcionarios, autoridades escolares o docentes. Sin embargo, es oportuno insistir en que el aprendizaje es un fenómeno social y situado: ocurre en la intersección entre la escuela, la familia, el barrio, la cultura y, cada vez con más fuerza, las pantallas.
Reducir el problema a lo que sucede dentro de la clase es una comodidad que no podemos permitirnos, ya que pretender que la escuela compense por sí sola las desigualdades estructurales, las trayectorias fragmentadas y lo que antes se aprendía en otros espacios de socialización es exigirle una respuesta individual a un problema de raíz profundamente colectiva.
El impacto de las pantallas
Lejos de buscar estigmatizar la tecnología, resulta ingenuo ignorar un dato insoslayable: el deterioro del desempeño fue de la mano de la «democratización» del teléfono inteligente.
Se trata de un dispositivo que, en apenas dos décadas, transformó la vida cotidiana de niños y adolescentes —y adultos— en todos los rincones del planeta, sin que mediara una reflexión previa sobre el espacio que debía ocupar en las aulas y en el ámbito doméstico.
El propio secretario general de la OCDE, Mathias Cormann, lo advirtió con claridad: a mayor tiempo frente a pantallas por puro entretenimiento, peores son los resultados en lectura. El propio informe PISA lo confirma: más de una cuarta parte de los estudiantes reconoció haberse distraído con dispositivos digitales durante las clases de ciencias, una realidad que cruza fronteras, desde los países nórdicos hasta América Latina.
Tecnología: cómo y para qué utilizarla
La discusión central, entonces, no pasa por si la tecnología debe o no ingresar al aula, sino por cómo la integramos, con qué propósitos y bajo qué límites.
Datos de las Pruebas Aprender demuestran que el celular no es perjudicial en sí mismo; su impacto depende del contexto. Mientras que el uso educativo se vincula positivamente con los puntajes en Lengua y Matemática, el uso recreativo genera el efecto contrario.
La clave no está en la herramienta, sino en la intención y en el acompañamiento pedagógico que hagamos desde la escuela y, sobre todo, fuera de ella.
El desafío de la inteligencia artificial
A este escenario se suma el vertiginoso auge de la inteligencia artificial, cuyas implicancias apenas empezamos a dimensionar en un contexto donde más de la mitad de los estudiantes de 15 años ya consulta chatbots para aprender al menos una vez por semana.
Frente a este avance, el informe de PISA alerta sobre el riesgo de una «atrofia de habilidades» al delegar en la tecnología procesos cognitivos propios, remarcando que, si bien el uso moderado de la IA como apoyo puede dar resultados iguales o superiores, el verdadero peligro aparece cuando reemplaza el esfuerzo intelectual en lugar de complementarlo.
Pasar de la preocupación a la acción
Abordar la complejidad de este escenario exige pasar de la preocupación a la acción coordinada.
Por un lado, el Estado debe asumir su rol mediante normativas más rigurosas sobre el tiempo y los contenidos a los que acceden niños y jóvenes —numerosos países ya han comenzado a implementarlas—, acompañadas por una reglamentación criteriosa y de alcance federal sobre el uso de dispositivos en los establecimientos educativos.
Paralelamente, resulta urgente recuperar, dentro y fuera del aula, la práctica sostenida de la lectura como pilar fundamental del pensamiento.
Sin embargo, cualquier marco regulatorio será insuficiente sin la asunción de una verdadera autoridad y acompañamiento familiar en el hogar, donde la fijación de límites y pautas claras sobre las pantallas resulta irremplazable.
Una responsabilidad colectiva
La escuela siempre estará convocada a renovarse, pero es imposible que absorba en soledad las tensiones que cada tiempo presenta, y particularmente el actual.
Enseñar a autorregularse y construir una ciudadanía digital saludable es un desafío estrictamente colectivo que exige la corresponsabilidad de familias, Estado, comunidades y escuelas.
En última instancia, la velocidad de este cambio de época nos recuerda una verdad indispensable: el deterioro del aprendizaje y el vacío emocional de niños y adolescentes no se afrontan con más contenido digital, sino con la presencia activa, empática y cercana de quienes los acompañamos día a día.
