La tasa de créditos impagos llegó al 12,6% en mayo y marcó el nivel más alto desde 2005. El deterioro se concentra en préstamos personales y tarjetas, mientras los altos costos del financiamiento y el bajo crecimiento de los salarios reales condicionan la recuperación del consumo.
La morosidad de los créditos bancarios se convirtió en uno de los principales focos de atención para la economía argentina. El deterioro se concentra especialmente entre los hogares y genera interrogantes sobre la capacidad del crédito para sostener el consumo durante los próximos meses.
Según los datos analizados por especialistas internacionales, la morosidad de los préstamos a familias alcanzó el 12,6% de la cartera en mayo de 2026, lo que representa un incremento de 8,3 puntos porcentuales en un año y el nivel más elevado desde 2005.
El escenario es diferente en el sector corporativo, donde la morosidad llegó al 3,5%, con un incremento de 2,5 puntos porcentuales respecto de mayo de 2025.
Tarjetas y préstamos personales, los más afectados
El deterioro se concentra principalmente en las tarjetas de crédito y los préstamos personales. También aparecen señales de debilitamiento en los préstamos destinados al consumo con garantía.
Los créditos hipotecarios presentan una dinámica diferente. Aunque experimentaron un fuerte crecimiento real desde comienzos de 2025, mantienen una tasa de morosidad relativamente estable.
El aumento de los atrasos también está acompañado por una mayor presión sobre los ingresos familiares. El costo del servicio de la deuda de los hogares representa actualmente cerca del 25% de sus ingresos totales, según el análisis citado.
Salarios y tasas, detrás del aumento de los atrasos
Los especialistas identifican varios factores detrás del incremento de la morosidad. Uno de ellos fue la expansión del crédito al sector privado luego de la eliminación de las LEFI, que dejó a las entidades financieras con un importante excedente de liquidez.
A esto se sumó la evolución de los salarios reales. Desde el inicio de la gestión de Javier Milei, los ingresos reales acumularon una recuperación de alrededor del 8,3%, aunque permanecen cerca de los niveles de 2023.
El tercer elemento está relacionado con la desinflación y las tasas de interés. La caída de la inflación, combinada con tasas nominales elevadas, llevó el costo real del financiamiento a niveles altos y aumentó la carga sobre quienes habían tomado préstamos.
El incremento de la morosidad aparece así como un síntoma de la dificultad de los hogares para sostener el consumo mientras enfrentan mayores costos financieros.
Qué puede pasar con el crédito
Pese al deterioro de los préstamos, el sistema financiero mantiene niveles de capital y provisiones considerados suficientes para absorber eventuales pérdidas, de acuerdo con el último Informe de Estabilidad Financiera del BCRA.
Por ese motivo, las perspectivas no apuntan a una crisis bancaria, sino a un escenario en el que el crédito tendría una contribución limitada al crecimiento económico.
Una de las alternativas que podrían utilizar las entidades es la refinanciación de los préstamos de aquellos deudores con dificultades. Esto permitiría reducir estadísticamente la cartera morosa, aunque no necesariamente resolvería el problema de fondo de la capacidad de pago.
El impacto macroeconómico también estaría limitado por el reducido tamaño del crédito privado en Argentina, equivalente a alrededor del 13% del PBI, frente al 75% de Brasil y el 36% de México.
De cara a los próximos meses, el principal desafío estará en la combinación de tasas reales elevadas, crecimiento moderado de los salarios y una mayor dificultad para acceder al financiamiento. El efecto podría sentirse especialmente en las actividades vinculadas al mercado interno, donde el consumo depende en mayor medida de la disponibilidad de crédito.


