Un desarrollo con participación israelí y británica expone contradicciones en la política exterior, en medio del acercamiento diplomático con ese país.
El avance de un proyecto petrolero en las Islas Malvinas vuelve a poner bajo tensión la política exterior del gobierno de Javier Milei, en un contexto marcado por el fortalecimiento de la relación con Israel. La iniciativa, que involucra capitales israelíes y británicos, contrasta con la postura oficial expresada semanas atrás por la Casa Rosada.
Según reportes de medios internacionales, la empresa Navitas Petroleum, en conjunto con Rockhopper Exploration, prevé iniciar perforaciones en la zona a partir de 2028, en el marco del proyecto Sea Lion. La inversión estimada supera los 2.000 millones de dólares y contempla una producción significativa de crudo en el Atlántico Sur.
Ambas compañías se encuentran sancionadas por la Argentina por operar sin autorización en la plataforma continental. Desde la posición oficial, cualquier actividad de exploración o explotación en esa área es considerada ilegal, al tratarse de un territorio cuya soberanía se encuentra en disputa con el Reino Unido.
El desarrollo Sea Lion es uno de los proyectos offshore más relevantes de la región fuera de Brasil. Incluye la instalación de infraestructura submarina conectada a un buque flotante de producción, con una proyección de extracción inicial de 170 millones de barriles y un pico estimado de 50.000 barriles diarios. El plan ya cuenta con licencias de explotación otorgadas por el gobierno isleño.
La cuestión adquiere mayor peso político al considerar el contexto reciente. Días antes de su viaje a Jerusalén, Milei había asegurado que su administración respondería “con todas las medidas diplomáticas necesarias” ante el avance de iniciativas de este tipo, a las que calificó como “unilaterales e ilegítimas”.
Sin embargo, durante su encuentro con el primer ministro Benjamin Netanyahu en Jerusalén, no hubo menciones públicas al tema, pese a que la agenda incluyó anuncios de cooperación bilateral y gestos de alineamiento político.
La superposición entre la estrategia de acercamiento a Israel y la presencia de capitales de ese origen en un proyecto rechazado por la Argentina introduce una tensión que empieza a reflejarse en el plano diplomático, en un escenario donde la política exterior busca equilibrar afinidades geopolíticas con reclamos históricos de soberanía.

