La coordinadora del Centro Cultural Santiago Maldonado analizó la situación económica y social de los barrios más vulnerables de la ciudad y también se refirió a las causas estructurales detrás del crimen que conmocionó a Río Cuarto el fin de semana pasado. La referente barrial reclamó políticas sociales sostenidas en el tiempo.
El crimen de un joven a manos de otro, ocurrido el último fin de semana en una reunión con participación de numerosos adolescentes, reavivó el debate sobre la violencia juvenil en los barrios de Río Cuarto. Sonia Ocampo, referente barrial y coordinadora del Centro Cultural Santiago Maldonado —un espacio de contención, alfabetización y apoyo escolar para chicos y chicas de barrio Alberdi—, ofreció su lectura sobre un fenómeno que, sostuvo, se agrava año tras año por la ausencia de políticas de Estado sostenidas.
Ocampo señaló que el impacto del hecho se profundizó por la viralización de un video del episodio, que generó comentarios que calificó de «aberrantes» por desconocer la realidad cotidiana de los barrios. Remarcó que los jóvenes involucrados compartían una trayectoria común desde la infancia —talleres, apoyo escolar, actividades comunitarias— y que el desenlace violento interpela a la sociedad en su conjunto.
«Acá es evidente que todos somos responsables, no hay otros, más que nosotros, como sociedad», planteó la referente.
De la falta de alimento al riesgo de vida
La coordinadora trazó un contraste entre su primera etapa de militancia territorial y la actualidad. Antes, dijo, su preocupación pasaba por que un niño comiera, durmiera y estuviera abrigado. Hoy, en cambio, el eje se corrió hacia el abuso, el consumo problemático y el riesgo de muerte, en un contexto donde —según su descripción— las organizaciones narco han pasado a controlar el territorio barrial.
Ocampo vinculó este escenario con la desconexión familiar producto de la crisis económica: los adultos, absorbidos por la necesidad de sostener el día a día laboral, dejan a los chicos más expuestos al uso descontrolado de dispositivos electrónicos y redes sociales, que identificó como una nueva vía de riesgo —juego, consumo problemático, exposición a contenidos peligrosos— que reemplazó al viejo problema de «los chicos en situación de calle».
Armas, préstamos usureros y falta de diálogo
Uno de los puntos que la entrevistada remarcó es la facilidad de acceso a armas de fuego en los barrios, que calificó como más sencillo de conseguir que un teléfono celular.
En el mismo sentido, describió el crecimiento de circuitos de préstamos informales o usura barrial, vinculados frecuentemente con economías narco, que derivan en situaciones de «aprietes» cuando las deudas no se cancelan en los plazos pactados.
Para Ocampo, otro factor central es la erosión de la capacidad de diálogo dentro de las familias y en las instituciones educativas. Relató casos de chicos que llegan a los talleres del centro cultural llorando por situaciones de violencia doméstica, y señaló que los docentes atraviesan un nivel de desborde que los lleva a priorizar la contención por sobre la enseñanza, en un marco de creciente cuestionamiento social hacia su rol.
«El amor debería fluir»: la desnormalización del vínculo
Consultada sobre si percibe un aumento generalizado de la violencia y de la intolerancia social —no solo en el plano juvenil—, Ocampo respondió que sí, y que ese fenómeno también atraviesa a los adultos por efecto de la conflictividad económica. Sostuvo que el amor «debería fluir» naturalmente entre las personas, pero que en el contexto actual se ha desnormalizado ese vínculo, al punto de que la sociedad funciona bajo una lógica de confrontación permanente: ya no se trata de diferentes posturas conviviendo, dijo, sino de adversarios que se enfrentan todo el tiempo.
Trazó además un paralelismo con la política: mientras antes, aun con posiciones distintas, existía un diálogo mínimo entre dirigentes, hoy prevalece una lógica de bandos cerrados, sin matices.
«El amor, el abrazo, la empatía parecen mensajes puestos en ridículo. Y tenemos que recuperarlos«, reflexionó. En ese sentido, citó una entrevista al actor Ricardo Darín que la interpeló particularmente: «Manifestar amor en una situación tan compleja como la que vivimos es un acto revolucionario».
Para Ocampo, esa frase resume el desafío central del momento: sostener la empatía y el vínculo comunitario en un escenario donde el discurso dominante —tanto social como político— tiende a profundizar la tensión antes que a aliviarla.
Crítica a los discursos de despolitización
Consultada sobre los mensajes que buscan desligar la crisis social de la discusión política, Ocampo cuestionó a dirigentes de La Libertad Avanza en Río Cuarto que, dijo, reclamaron justicia públicamente tras el crimen sin tener, a su entender, presencia territorial sostenida en los barrios. Relató además un episodio ocurrido durante un festejo del Día de las Infancias en el centro cultural, donde según contó un militante de ese espacio se acercó a colaborar con las tareas del evento.
La referente diferenció la política partidaria de las políticas sociales, y sostuvo que estas últimas requieren del ejercicio político para implementarse, aunque remarcó que su prioridad es la coherencia entre el discurso y la acción de los funcionarios.
El reclamo: políticas sostenidas
Ante la pregunta sobre qué transformación propondría a intendentes, gobernadores o funcionarios nacionales, Ocampo fue clara: exigió, en primer lugar, coherencia entre lo que se anuncia públicamente y las decisiones legislativas que afectan a los sectores populares —mencionó como ejemplo el debate en torno a la Ley de Zona Fría [VERIFICAR]—. En segundo término, reclamó que se escuche a la comunidad y se sostengan en el tiempo las políticas sociales, en lugar de limitarlas a eventos puntuales con fines de difusión electoral.
Cerró con una reflexión sobre el círculo de vulnerabilidad económica que empuja a algunos jóvenes hacia la venta de drogas como salida más accesible que un empleo informal, y sobre la dificultad de revertir ese camino una vez iniciado.
