Aunque seis de cada diez argentinos consideran que su futuro será positivo, ocho de cada diez jóvenes de entre 18 y 24 años probarían suerte en el exterior. Especialistas vinculan el fenómeno con la búsqueda de nuevas oportunidades y las dificultades del mercado laboral.
El 80% de los jóvenes argentinos de entre 18 y 24 años estaría dispuesto a mudarse al exterior para encontrar mejores oportunidades, aun cuando una mayoría mantiene una mirada positiva sobre su futuro en el país. El dato surge de un relevamiento realizado por Worldwide Independent Network of Market Research (WIN) y Voices! Argentina y refleja una tendencia que también se observa a nivel internacional.
El contraste entre ambas percepciones no necesariamente implica una falta de expectativas. Para Constanza Cilley, directora ejecutiva de Voices!, los jóvenes tienen una mirada más flexible sobre dónde desarrollar su proyecto personal.
«Cambiar de país es parte de una trayectoria más flexible y la exploración puede tener un valor en sí mismo», explicó Cilley. Según la especialista, entre los jóvenes de 18 a 24 años existe una mayor predisposición a trasladarse, especialmente entre quienes alcanzaron niveles educativos más altos.
Jóvenes argentinos: optimismo y deseo de emigrar
A nivel global, el 47% de los jóvenes considera que su generación tiene más oportunidades que la de sus padres. En Argentina, ese porcentaje asciende al 62%, por encima del promedio mundial.
Además, el 63% de los argentinos consultados manifestó sentirse esperanzado respecto de su futuro. Sin embargo, esa expectativa convive con una fuerte disposición de los más jóvenes a buscar oportunidades fuera del país.
Para Cilley, esto puede explicarse por una transformación en las formas de proyectar la vida. Los tradicionales factores de arraigo, como formar una pareja o tener hijos, tendrían hoy menor peso frente a experiencias vinculadas con estudiar, trabajar, viajar o conocer otras culturas.
El mercado laboral, una de las claves
Desde Fundar, la investigadora Macarena Santolaria señaló otro factor detrás del fenómeno: el deterioro del mercado laboral registrado durante los últimos años.
Datos del Monitor de Juventudes de Fundación SES y CEPA muestran que, durante el primer cuatrimestre de 2026, alrededor de 685.000 jóvenes estaban empleados sin registrar, frente a unos 387.000 trabajadores registrados de esa franja etaria.
Santolaria describió así a una «generación sobrecalificada», que accede a mayores niveles educativos pero encuentra dificultades para transformar esa formación en oportunidades laborales.
«Las instituciones educativas ofrecieron un ascenso social, pero hoy no se ofrece una inserción», planteó la investigadora.
De esta manera, la posibilidad de que los jóvenes consideren que tienen más oportunidades que sus padres puede coexistir con el deseo de emigrar. La educación amplió sus herramientas y expectativas, pero el mercado laboral local no siempre consigue absorberlas.
Qué cuentan los argentinos que emigraron
Las experiencias de quienes ya viven en otros países muestran que emigrar no necesariamente responde a una decisión de escapar de la Argentina. Victoria, de 30 años, vive en París desde 2020 y llegó a Francia a través de un intercambio universitario. Para ella, la experiencia comenzó como una oportunidad cultural y académica.
Entre los aspectos positivos destacó el respaldo estatal para estudiantes y una menor sensación cotidiana de inseguridad. Sin embargo, también remarcó diferencias culturales.
«En Argentina, si alguien se siente mal en la calle, va a ser asistida por diez personas», contó al comparar la solidaridad cotidiana con lo que percibe en Francia.
La joven también señaló que vivir en Europa no significa necesariamente estar alejado de los problemas. La guerra y el terrorismo forman parte de las preocupaciones que, según su experiencia, aparecen con mayor fuerza en ese contexto.
Migrar también implica distancia y desarraigo
Magdalena, de 29 años, vive en Dublín y trabaja en el sector hotelero. Antes de instalarse en Irlanda pasó por una experiencia como au pair en Estados Unidos.
Uno de los principales cambios que experimentó fue la sensación de seguridad. Sin embargo, evitó reducir su experiencia a la idea de que en el exterior simplemente se «vive mejor».
«Tal vez no es tanto vivir mejor sino más relajado», sostuvo.
Para Magdalena, además, migrar supone una transformación personal profunda, marcada por el contacto con nuevas culturas, idiomas y formas de vida.
«Volver no es fracasar», afirmó al recordar a amigos que decidieron regresar a sus países de origen por las dificultades asociadas a la distancia.
La experiencia de ambas jóvenes muestra así que la emigración puede combinar búsqueda de oportunidades, curiosidad, seguridad, formación y crecimiento personal, pero también nostalgia y desarraigo.
El fenómeno de la Generación Z, entonces, parece alejarse de una explicación sencilla: querer emigrar no necesariamente significa dejar de creer en el futuro de la Argentina. Para muchos jóvenes, se trata de ampliar el lugar donde pueden construir ese futuro.

