La respuesta de Estados Unidos al ataque contra las Torres Gemelas redefinió su política exterior, abrió dos largas guerras y modificó el equilibrio de poder global.
El 11 de septiembre de 2001 marcó un quiebre para Estados Unidos y para el sistema internacional. La potencia que había quedado en la cima tras el final de la Guerra Fría descubrió que podía ser golpeada en su propio territorio por una organización no estatal como Al Qaeda, liderada por Osama bin Laden.
La reacción de Washington fue mucho más allá de perseguir a los responsables. La “guerra contra el terrorismo” pasó a ocupar el centro de su política exterior y derivó en operaciones militares, nuevas estructuras de inteligencia y una expansión de las herramientas de vigilancia.
Afganistán e Irak, dos guerras con resultados distintos
La primera respuesta fue Afganistán, donde el régimen talibán había dado refugio a Al Qaeda. La intervención de 2001 permitió expulsar a los talibanes del poder, pero la insurgencia se reorganizó y la guerra se extendió durante casi dos décadas. En 2021, tras el retiro estadounidense, los talibanes recuperaron Kabul.
El segundo gran capítulo fue Irak. En 2003, Washington invadió el país y derrocó a Saddam Hussein, bajo el argumento de que su gobierno poseía armas de destrucción masiva. Esas armas nunca fueron encontradas. La ocupación desencadenó años de violencia e inestabilidad y terminó favoreciendo el crecimiento de la influencia de Irán en la región.
El balance fue contradictorio. Al Qaeda quedó severamente debilitada y Bin Laden murió en 2011, mientras Estados Unidos no volvió a sufrir un atentado de una escala comparable en su territorio. Sin embargo, Washington encontró enormes dificultades para convertir sus victorias militares en estabilidad política.
La superpotencia podía ganar una guerra, pero tenía problemas para ganar la paz.
El costo interno y la pérdida de legitimidad
La transformación también alcanzó al interior estadounidense. El Patriot Act, aprobado pocas semanas después de los atentados, amplió las facultades de vigilancia e investigación del Estado. A esto se sumó la creación del Departamento de Seguridad Nacional y una expansión de las capacidades de inteligencia.
Al mismo tiempo, casos como Guantánamo y los abusos registrados en Abu Ghraib dañaron la imagen internacional de Estados Unidos y pusieron en tensión su discurso sobre democracia y derechos humanos.
Mientras Washington concentraba recursos durante años en Afganistán, Irak y la lucha antiterrorista, China aceleraba su ascenso económico y tecnológico y Rusia recuperaba capacidad de proyección geopolítica. El escenario internacional comenzaba a alejarse del mundo unipolar que había caracterizado los años posteriores al derrumbe soviético.
América Latina también sintió el cambio
El 11-S modificó además las prioridades estadounidenses en América Latina. La región perdió peso relativo frente a las urgencias de seguridad, mientras países latinoamericanos impulsaban mecanismos de mayor autonomía política y económica.
En ese período surgieron iniciativas como Unasur, ALBA, el Banco del Sur y CELAC, además de proyectos de integración física y energética. Al mismo tiempo, China incrementó fuertemente su comercio e inversiones en América Latina, hasta convertirse en un socio económico central para buena parte de Sudamérica.
Ese escenario volvió a cambiar con la segunda administración de Donald Trump, que retomó una mirada más enfocada en el hemisferio occidental y en contener la presencia de potencias extrarregionales, particularmente China.
A 25 años de los atentados, Estados Unidos continúa siendo la principal potencia mundial, pero el escenario sobre el que ejerce ese poder es muy diferente. La competencia entre grandes potencias volvió al centro de la agenda y el orden internacional se volvió más fragmentado.
El desafío para Washington ya no es solamente combatir una amenaza terrorista, sino definir cómo ejercer su poder en un mundo que dejó de ser el mismo que existía el 11 de septiembre de 2001.
